Las pausas y la elipsis

1.  Las pausas

La descripción, por ejemplo, puede provocar una desaceleración total del ritmo de la historia. Genette(1972) considera que las pausas son alteraciones de la temporalidad, porque detienen el flujo de la acción. Llama pausa a los momentos en que se utilizan recursos que producen el efecto de una cámara lenta y se extiende el discurso. Hay que usarla con sumo cuidado porque corremos el riesgo de lentificar la narración y que se vuelva aburrida.

La pausa descriptiva es la descripción que interrumpe el curso de la historia. Suele usarse cuando necesitamos acicatear la curiosidad de nuestros lectores y tensar un poco más la cuerda emocional, pero tiene que ser corta y pertinente.

Desde niños se nos ha pedido hacer la referencia de aquello que percibimos en términos sensoriales, es decir, traducir a palabras los colores, sabores, olores, líneas y sentimientos; esto es la descripción. Sin embargo, no está de más reflexionar qué funciones puede adquirir la descripción dentro de un cuento que precisa una economía del lenguaje capaz de situar objetos y personas, crear una atmósfera y transmitir sensaciones y emociones en pocas líneas.

Para que la descripción sea eficaz y pueda conseguir el efecto que deseamos, es indispensable que transmita imágenes que aludan a los cinco sentidos y así tender un puente con las emociones.   Todos los seres humanos nos comunicamos con el mundo de la realidad externa a partir de la vista, el oído, el gusto, el tacto y el olfato. Nuestro cerebro reacciona a los estímulos enviados por estas ventanas desde donde percibe su entorno y de esa conexión se origina el proceso que desata los estados emocionales. Las imágenes literarias reflejan aquello que los sentidos captan, pero también suelen estar matizadas con la carga emocional que el escritor quiera transmitir. Por eso, la descripción debe usarse para situar al lector y a los personajes en primer lugar, en determinado escenario y como herramienta para enfocar la mirada en algún espacio específico, mismo que nos servirá para crear una atmósfera. No se siente lo mismo si situamos nuestra acción en un campo de espigas que bailen con el viento entre destellos dorados; que en una casa cuyas paredes desolladas transpiren agua podrida y olvido. No se necesitan demasiadas palabras ni numerosos adjetivos para crear una atmósfera, pero una breve descripción ubica al lector justo donde lo queremos. No es lo mismo imaginarnos a una Caperucita con alopecia, razón por la cual usa la capa con capuchón rojo, que hablar de los caireles de una niña rubia o morena. O bien, tampoco es lo mismo decir que es bastante miope o bizca y por eso no distingue entre el lobo y su abuela; incluso podría ser también un poco sorda, en realidad un zumbido de mosca panteonera le revolotea en el tímpano, por eso no diferencia la voz de una anciana del gruñido de un lobo.

Lo mismo sucede con las emociones, no es lo mismo que cuando el lobo la ataca, Caperucita sienta cómo las fauces amenazantes rasgan su capa y el corazón desbocado se le salga por la boca en gritos de terror; que, en el mismo instante, sienta que eso es lo que desea: unos colmillos clavándosele en el cuerpo, rasgándole dulcemente las entrañas, el olor a bestia hambrienta le comienza a provocar pequeñas descargas de placer y todas juntas trepan por su pecho hasta la garganta para reventar en un jadeo.   La primera es una Caperucita asustada, la segunda es una jovencita masoquista digna de una novela de Sacher-Masoch.

Nunca es suficiente advertir a los aspirantes a cuentistas que deben utilizar estas pausas con cuidado y entrelazarlas en la acción o los diálogos, porque es fácil introducir otro conflicto o hacer un cuento estático y disolver la anécdota, lo que arruinaría la unidad de acción.

2.  La elipsis

Otra forma de marcar el ritmo del relato pero con una aceleración absoluta, es dejar a la imaginación del lector lo que sucede  en un lapso que omitimos.  Podemos proseguir con la historia sin necesidad de contar qué fue lo que sucedió en todo el tiempo del salto.  Genette llama a esta técnica, Elipsis[3] y la define como la omisión en el discurso de lapsos más o menos largos del tiempo de la historia.   Por medio de estos saltos o Elipsis, podemos abarcar semanas, meses e incluso años del transcurso de la trama.  El lector puede ver que de un capítulo a otro o incluso de un párrafo al siguiente algún personaje ha crecido y algo ha cambiado; o que sólo se ha hecho viejo, sin que tengamos que contar su día a día.

Un ejemplo con Caperucita sería así:

Llegaron en procesión encabezada por el cazador-guardabosques-leñador, erguido y satisfecho, cargando sobre su espalda al lobo muerto; detrás caminaban la niña y la abuela abrazadas, todavía temblando de miedo, aunque intentaban sonreír. La madre corrió a su encuentro, las abrazó y cargó en brazos a la niña. La pequeña pensaba que su madre estaría enojada con ella por desobediente. Pero la mujer la besaba y le decía que ella también se había asustado mucho y que lo más importante era que estuvieran bien.

Una mañana Caperuza se despertó sintiendo una humedad pegajosa entre las piernas, al principio pensó que alguno de sus hermanos se había subido a su camastro y que entre sueños se había orinado, en cuanto se cercioró de que había dormido sola, se preguntó si era posible que ya le hubiese sucedido a ella eso de lo que su madre le había hablado. La mujer le había dicho que cuando tuviera su misma estatura, iba a sangrar y que eso significaba que tendría que dejar de jugar sentada en la tierra y de subirse a los árboles como un gato, porque iba a estar muy ocupada pensando en casarse. Esa perspectiva la asustaba, ella no quería dejar de jugar. Pero algunas veces, suspiraba y le preguntaba si cuando ella se casara tendría una casa para ella sola.   La madre reía y le decía que sí, que por un tiempo estaría ella sola con su esposo y luego llegarían los niños. Entonces Caperuza se imaginaba jugando con sus propios hijos y ya no le molestaba crecer, ni tener que casarse.  

Lentamente introdujo su mano y se tocó. En efecto, al sacarla manchada de rojo, se asustó, era sangre, como la de los trapos que sacaban de la cama de su madre cada vez que paría. Se levantó de un salto y miró, esperando encontrar la cama anegada del líquido rojizo que le daba tanto asco, pero no, apenas se le había dibujado al camisón un ligero óvalo tinto, como del tamaño de un haba. El corazón se le azotaba contra el pecho. ¿Y si esto era otra cosa? ¿Y si se había herido por la noche sin darse cuenta? Notó un peso en su bajo vientre y un dolor caliente apenas perceptible comenzó a hacerse presente.   Hacía como dos semanas que se había dado cuenta de que no sólo había alcanzado la estatura de la madre, sino que era incluso un poco más alta… Corrió hasta el camastro de la madre ahogando las lágrimas…

Algún tiempo después, el cazador-guardabosques-leñador que acababa de regresar al pueblo de una de sus constantes incursiones al bosque se tropezó con una jovencita rubia de grandes ojos azulgris. Casi la derriba sin querer, él iba sumido en sus pensamientos, mientras ella, se despedía de alguien en la lejanía y caminaba hacia atrás.

—Perdone usted, señorita. No la vi, ¿está usted bien? –dijo apenado mientras trataba de sostener a la joven por los hombros para evitar que cayera.

—No, perdón, perdón, no me fijé, es que me estaba despidien… ¿Es usted el cazador-guardabosques-leñador? –dijo la joven entre borbotones de risa y palabras–. Usted no se acuerda de mí, pero me salvó la vida hace años. Yo soy Caperuza.

—No puede ser, Caperucita era una niña, y no hace tanto tiempo –respondió confundido el hombre.

—Cinco años, yo tenía once, ahora tengo dieciséis –sonrió divertida ante la mirada atónita del hombre––. Bueno, me dio gusto verlo y perdone mi distracción –continuó la joven, alzándose de hombros–, ya ve, siempre he sido así. Tengo que irme corriendo, si no, mi madre…

Y salió corriendo en dirección al sur. El hombre se quedó pensando: “Quién lo iba a decir, se convirtió en mujer, y tiene buenas caderas… Yo le salvé la vida y ahora estoy solo… a lo mejor puedo visitarla… su padre no podría oponerse… ¿Y si prefiere a otro?… pero yo le salvé la vida… ¿por qué no?”

  • Leer “La botija” de Salvador Salazar Arrué, pp.274

[1] Véase Genette, Op. Cit., p. 122.

[2] “Técnica mediante la que el discurso se pone al servicio de las indicaciones hermenéutica, metanarrativas o ideológicas asumidas por el autor implicito”. Véase Darío Villanueva, Op.Cit.

[3] Véase Genette, Op. Cit. pp. 139-140

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